Creo que todos, hombres o mujeres, hemos dedicado algún momento de nuestras vidas a pensar en una teta. O en las dos. Sea por no que no aparecen, porque exceden los tamaños convencionales, por no haber mantenido algún contacto con alguna o por exceso de toques; la mayoría de ciudadanos debemos tener en nuestro historial mental algún episodio mamario.
Y es que es lo más natural del mundo. Lo extraño es transcribirlo y lo obsceno es publicarlo.
Hoy me voy a poner obsceno, no porque me considere así, sino porque me parece que sería el término que me llevaría por publicar mis meditaciones sobre una parte del cuerpo tan sensible como la teta. Que de paso ni la tengo y existiendo, además, otras formas de denominarla. Totalmente ciertas ambas afirmaciones, pero me parece un ejercicio interesante comentar en voz alta las meditaciones que, como usuario de las mismas, veo desde una perspectiva externa.
Y que mejor momento que compartirlo en este contexto del mes del cáncer de mama, donde se nos invita a ver la vida con alegría y el problema con esperanza. No encontré nada mejor que invitarlos e invitarlas a compartir mis apreciaciones sobre el tema.
Más que la teta en sí, que la glándula como tal; como
comunicador que soy, vivo fascinado por todo lo que se genera alrededor de la gente al pronunciarla o enseñarla. Me encanta como suena teta.
Si por mi fuera, dedicaría un doctorado al estudio de la teta y sus implicancias en la vida moderna. Lamentablemente, no creo que haya jurado que me dé el visto bueno ante este tema y, de darse, seguro que me toca alguna doctora dentro del comité evaluador que solicite la impugnación inmediata por arengo de vulgaridad.
Peor aún pensar conseguir algún título de grado y pasarme toda la existencia buscando alguna universidad que quiera darle diez créditos a mi materia. Ni hablar.
Y es que la sensibilidad de la teta no sólo se genera con el tacto o por pasarse un hielito por el pezón. Si no, advierta usted amiga o amigo lector, ese cosquilleo de incomodidad o seudo vergüenza que puede estar sintiendo ahora por leer mi análisis personal sobre la teta; cuando era más elegante hablar del seno o el busto sin perder los buenos modales.
Aquí se empieza a notar que el problema se basa en la etimología de la palabra más que en la teta en sí. Un punto interesante a analizar y aprovecharlo como test personal para identificar nuestro nivel de influencia sobre lo que se denomina el correcto comportamiento social.
No es justo que el término teta sea considerado impropio y de mal hablar siendo un órgano tan relacionado a dar vida, a la salud considerándosele únicamente muchas veces como icono sexual.
Qué lindo es ver a una madre amamantando a su recién nacido o qué lindo es alegrarse el viaje de cuarenta minutos en bus tras ver un buen par de tetas. Como vemos, la teta no sólo puede generar sensaciones al oír la palabra sino que su influencia se extiende a más sentidos como la vista y ni que hablar del tacto u otros menos tangibles vinculados al sexo femenino.
“Seguro que son falsas” es lo que más se oye como para demostrar nuestra teoría de que el tema teta no comprende únicamente a los varones sino también capta la atención de las damas, favoreciendo la agudeza de otros sentidos como el sexto, que permite lanzar este tipo de aseveraciones; un valor agregado más para la teta en pos del aprovechamiento de nuestras potencialidades.
La teta también es un camino para la solidaridad al ser un interesante vehículo para estrechar vínculos con nuestras amigas que puedan carecer de ellas y, dado el cariño y afecto compartido; podamos exteriorizar mociones de apoyo moral ante la voracidad de la moda actual que dicta cánones para ser o no ser físicamente aceptable, promoviendo una sobre valoración de lo físico y por ende, de la connotación sexual de la pobre amiga teta.
La teta en la historia todavía no ha sido reconocida como protagonista y responsable de muchos cambios que han afectado la humanidad. Basta con observar el cielo para darse cuenta de la importancia de la teta; especialmente si caemos en cuenta de que el nombre de nuestro sistema espacial, la vía láctea, proviene de las formas similares a sendos chorros de leche disparados a diestra y siniestra luego que Hera, esposa de Zeús reciba un soberano mordisco pezoniano del travieso Herácles al ser arrancado bruscamente de su pecho durante la lactancia, el cual formara galaxias y en resumen, vida. Así que ojito: para los griegos, la teta era vida.
Pensábamos también en cómo la religión presenta el tema desde su inicios y desde aquí se motive el visualizar a la teta como un órgano de placer y de vergüenza buscando cubrirlo a como dé lugar.
En la Biblia, luego de que Eva comiera de la manzana prohibida se describe la vergüenza que sintió de verse desnuda y que Adán le vea la teta, procediendo a taparse ipso facto con alguna hojita de parra que hubiera por ahí tirada en el Edén.
Ingeniosamente, durante el renacentismo, se empieza a promover el morbo acerca de este órgano al volverse común retratar el Génesis con la serpiente tapando un pezón de Eva y el otro por casualidad, con la manzana. Pobre del pintor que le tocó tapar toda la capilla Sixtina de tanta teta que pululaba en la casa de dios. Y un aplauso al Papa siguiente que ordenó retirar cuanta hojita tape algo tan natural como una teta presentada artísticamente. Habemus tetam.
La teta. Tantos puntos de vista, tantas apreciaciones y tantas exigencias para un órgano que en este contexto de prevención no exige se hable bien o mal... simple y sencillamente... que se hable.

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